Muero de ganas.

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Era una paradoja en sí misma.

Caminaba, encapuchada, por caminos poco conocidos, de ciudades históricas, de tiempos pasados. No era su lugar, no era el lugar donde debía estar.

Y de pronto… cambiaba de nuevo. Estaba en otro lugar diferente. Siempre encapuchada, siempre bajo una larga túnica negra que no permitía difierenciar su forma.

Estaba en todos y cada uno de los puntos de la historia, pasando desapercibida, observando, manipulando, jugando con los grandes hitos y las grandes desagracias de la humanidad.

Cuentan que la gente se giraba a su paso, pero segundos después se olvidaban de que había estado allí, dándola por hecho. Se había convertido en algo inherente al tiempo.

Y ella no debía existir. No debía estar allí.

Era una paradoja en sí misma.

Vagaba por un bucle temporal.

Crecía en todos y en ningún lugar al mismo tiempo. Estaba inscrito en el tiempo y en el espacio, en el movimiento, en la creación, en la desaparición e incluso en el renacer.

Era todo y era nada. Estaba en su mera existencia escrito el sentido de la vida en un universo valdío, carente de toda razón.

Allí estaba él. Sonriente. Con su impoluta perfección física, con su traje descompuesto, peculiar a su manera. Se balanceaba, divertido.

Vagaba por un bucle temporal.