Mañana tengo el examen práctico de conducir.

Llegó el día. Mañana iré a mi primer intento – y espero que el último – de examen práctico de conducir. Estoy, en cierto modo, en un estado permanente de tensión. Sé que debo relajarme y que mañana debo pensar en el examen como en una clase como otra cualquiera, pero también sé que tengo ciertas dudas que mañana tendré que resolver antes del examen propiamente dicho. Tengo a mi instructor mareado de tantas preguntas que le he hecho hasta ahora, porque una cosa es aprenderte la teoría y otra muy distinta ponerla en práctica en situaciones donde no tienes demasiado claro que hacer.

En fin, estoy intentando distraerme viendo las paralimpiadas o buscando alguna película con la que celebrar mi aprobado – o consolarme en mi suspenso – mañana por la tarde. Además, resulta que la falda que me estaba haciendo la modista me la entrega mañana también. Mañana podré, por lo tanto, probarme todo el conjunto que estoy pensando llevar un día al Expotaku.

Eso es todo. No tengo mucho más que decir porque el examen es mi principal preocupación ahora mismo. Aunque he de decir que también tengo ganas de probar el sabor de la vida universitaria. Ya estamos en Septiembre. Que rápido pasa el tiempo.

Tiempos de estrés.

Estamos a final de 2º de Bachiller. Llega ese horrible momento en que te sientas en la mesa en la que te van a dejar el último examen del curso de una u otra asignatura.

Es realmente estresante. O, al menos, cuando intentas sacar unas notas impecables de las que sentirte orgullosa. Hombre, todo dieces no van a ser, pero al menos que sean unas notas que me apetezca enseñar.

Mañana tengo mi último examen de geografía de todo el curso y hoy tuve mi último examen de literatura universal. Supongo que el año que viene, mirándo estos días desde otra perspectiva, pensaré en lo mucho que me gustaban estos exámenes y en lo endemoniadamente sencillos que eran.

No sé si tengo ganas de irme a la universidad. Me inspira un respeto extraño y hace que me sienta emocionada, al mismo tiempo. Supongo que hasta que no me siente allí y disfrute de mi primera clase de historia no sabré si la universidad es lo mio o si, al menos, mi elección de carrera es la que me corresponde.

Por ahora, de lo que sí se que tengo ganas es de acabar ya con la PAU, con el global de Alemán y con el teórico de la autoescuela para poder darme el verano que tanto deseo. A ver si puedo ver todas las películas y series que quiero y si puedo leerme todos los libros que he ido dejando sin leer con la esperanza de tener tiempo más adelante.

Me voy a estudiar geografía, entre perturbada y satisfecha.

Antibiótico.

En fin. No sé como lo hago. Siempre acabo poniéndome mala. Claritromicina de nuevo. No salgo de ese antibiótico.

Además de esta noticia maravillosa estoy cansada y harta. Muy harta. No me apetece estudiar, no me apetece salir, no me apetece nada. Bueno, me apetece acurrucarme en la cama, a ser posible abrazada por o a alguien. Supongo que mi cuerpo está diciendo que ya no tiene energías para mucho más.

Quizá sea todo culpa de la enfermedad. O puede que sea la primavera. Pero el asunto es que no puedo bajar mis notas y lo sé. Y aún así, no puedo evitar distraerme con casi nada, cosa muy inusual en mi, que siempre tuve buena concentración.

Y ahora debería estudiar lengua. Y sé que tengo que hacerlo, pero no me apetece en absoluto. No sé que estoy haciendo ni que voy a hacer.

Me estoy anulando a mi misma.

He retomado el Dirge.

Bueno, pues eso, que he vuelto a jugar al Dirge of Cerberus. Al fin y al cabo este fin de semana no tengo mucho más que hacer que ver películas, dormir, jugar al Dirge, leer a Percy Jackson y, si eso, adelantar trabajo.

No tengo planes definidos para esta noche por lo que puede que me acueste temprano o siga jugando. Tal y como me veo de cansada la primera opción me está llamando mucho.

Afortunadamente me ha llegado el segundo libro de Percy y ya me he pasado a por él, por lo que tengo entretenimiento asegurado. Por otra parte mañana planeo hacer magdalenas de chocolate o algo así. Tendré que salir a comprar moldes e ingredientes.

¿Alguien se apunta a una tarde de magdalenas y té?

(Le estoy echando de menos, a pesar del neutralismo de esta entrada.)

Llevo días sin tocar esto.

Me siento culpable, pero ultimamente no tengo ganas de nada. Me siento deprimida, sin ánimos. La primavera y segundo de bachillerato están acabando conmigo.

Además ahora tengo a mi compañera roja y Kaelig no está. Espero que disfrute mucho en Nueva York, y espero que no le pase nada malo.

Ahora mismo debería estar estudiando historia del arte pero me duele la cabeza y no me apetece. A ver que tal me va mañana, sinceramente. La improvisación se va a convertir en un hábito peculiar para mi en lo relativo a esta asignatura.

Este fin de semana me lo voy a dedicar a mi misma. Añoraré mucho a Kaelig, pero voy a hacer magdalenas, cambiarme el estilo de las uñas y ver series/películas a las que les tenga ganas. Igual, hasta me voy de compras con mamá y mi hermana.

Aún así tengo ganas de que vuelva y apenas se ha ido hoy.

Sin más, me despido. Sólo me apetecía escribir algo. Desahogarme quizá.

Necesito ánimos para seguir. Estoy cansada, muy cansada.

Así es Ella.

Aquel le pidió que se mudasen a vivir juntos. Ella dijo que lo harían en un tiempo, que se lo prometía. Selló la promesa con un beso y un “te amo”. Aquel se fue, para convertirse en un hombre y regresar a por Ella. Se veían, de vez en cuando.

Había alguien más. Un amigo de siempre, una persona en la que confiaba. Alguien del pasado, de un pasado más feliz, más próspero. Jugueteaban, jugueteban siempre. Él estaba absolutamente enamorado de Ella, como quien ama lo prohibido, lo indebido. Como quien tiene una mala adicción.

¿Qué le importaba a Él que Ella estuviese a punto de rehacer su vida con otro? Nada, en absoluto. Él la quería para sí, como siempre. Era Ella la que siempre huía, la que iba de uno a otro, la que buscaba en otros el cariño que ni ella misma se tenía. Su amigo era el punto de partida de siempre, la casilla de inicio del juego de su vida. Siempre regresaba a Él.

Daba igual quien fuese su nuevo amor. Caminaban Él y Ella, enamorado y enamorada, juntos de la mano por las calles. Reían, lloraban, se contaban sus cosas y luego, inocentemente, regresaban a casa. Ella estaba comprometida, así debería ser.

Y da igual quien sea su nuevo amor, siempre caen. Él siempre intenta volver a traerla a su terreno, volver a tenerla entre sus brazos, aunque luego ella le deje y corra a los de un nuevo desconocido. Aunque sabe que sus “te amo” no valen nada. Y Ella se deja llevar por sus labios, por unos besos que se le antojan nuevos aunque sean los de siempre.

Aquel se entera y calla. Calla porque se ha enamorado de la mujer equivocada y no ha podido evitarlo. Todo el mundo sabe que no es mujer de un sólo hombre. Todo el mundo sabe que le es infiel con el mismo de siempre. Y aún así, este nuevo Aquel no se da por vencido. No la deja, no la abandona. ¿Y qué hace ella? Le jura amor en vano, mientras camina de la mano con Él.

¿Por qué? Porque así es Ella, es la Ella de todos y la Ella de nadie. Es la Ella que juega con las emociones de Este, Ese, Aquel y Él. Da igual cuantos entren en el juego. Le da igual.

Porque así es Ella.