Personaje espontáneo aparecido en mi mente de modo inadvertido.

Una mañana llegué a casa temprano, esperando darle una sorpresa a la que, se supone, era la mujer de mi vida. Y fue esa misma mañana cuando descubrí cuán equivocado estaba. Me la encontré en plena faena con mi mejor amigo. Y cuando digo “plena faena” me refiero a retozando como puercos en “nuestra” cama de matrimonio, entre “nuestras” sábanas y sobre “nuestro” colchón. Incluso recuerdo el día que los elegimos y como ella no dejaba de decir “Estas serán nuestras cosas. Para siempre ¿Eh?”. Menudo zorrón.

Bueno, pues lo dicho, me los encontré retozando salvajemente en mi habitación. Ellos tardaron como dos minutos en percatarse de mi presencia y su reacción fue una mezcla entre sorpresa y decepción. Supongo que se esperaban una violenta reacción por mi parte ante semejante escena. Me imagino que ella esperaba un portentoso asesinato con mucha sangre y muchas vísceras. Después yo iría a la cárcel y ella iría a visitarme demostrando que, pese a todo, a quien realmente quería era a mi. Yo la perdonaría, más por retozar con ella que por otra cosa, y viviríamos separados pero enamorados. El problema es que yo no soy así.

Dejé mi maletín junto a la cómoda y me despedí con “No os molesto más”. Mientras recogía mi gabardina y me dirigía a mi coche por mi mente pasaba un monólogo interior. “Parece que no has elegido bien a la mujer de tu vida. Ni al mejor amigo de tu vida. ¿Quién ha dicho que los mejores amigos y las mujeres de la vida tengan que venir de la infancia? ¡Chorradas! Voy a emborracharme y desmadrarme. Intentaré tirarme a alguna pilingui y buscar un nuevo mejor amigo provisional. Si está ebrio mejor, así me ahorro hablar de temas interesantes.”

Cogí el coche y me largué cuanto antes de allí. Tenía conmigo la cartera y el portátil y consideré que no necesitaba más. Llegué a un prostíbulo en menos de treinta minutos. Nunca me había fijado en lo cerca que estaba pero cuando la necesidad de afecto aprieta empiezas a fijarte en cosas que antes, por culpa de esa niebla absurda del teórico enamoramiento producido por la presión social, no te fijabas. Contraté los servicios de las dos mujeres más aseadas del local y me lo pasé en grande esa noche. Menuda noche. Creo que no podré olvidarla y que me servirá para calentarme en mis noches de viagra.

En fin, ese día decidí que mi vida consistiría, preferentemente, en vivir al máximo. Tengo un buen empleo, un empleo que me da mucho dinero. Me he alquilado un pisito de soltero bastante bien amueblado y mantengo relaciones sexuales con siete mujeres distintas a lo largo de la semana. Antes de acabar con mi ex, no sabía lo atractivo que podía llegar a ser arreglándome un poco.

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