Juego de máscaras.

El salón estaba radiante. De los altos techos colgaban lámparas de araña de tonos dorados, fuertemente iluminadas por velas de diversos tamaños.

Los asistentes bailaban de un lado a otro, ataviados con sus mejores galas y máscaras de todos tipos. Eran la clase alta de una ciudad ejemplar. Venecia. Su carnaval. Una utopía en tierra.

Descendió la amplia escalinata, atrayendo la atención de unas cuantas jóvenes de buenas familias, todas solteras. Sabía que sus facciones eran atractivas y que la equilibrada y sensual envergadura de su cuerpo no dificultaba sus ágiles movimientos.

Pero él no tenía una familia de la que presumir. Era sólo un viandante más, que había asaltado a un invitado en la calle. Resultaba divertido colarse en aquellas fiestas y disfrutar del espectáculo que ofrecía toda aquella jauría de purasangres adiestrados. Todos sus gestos, todas sus palabras estaban cuidadosamente elegidos. Había llegado el momento de encandilar a alguna dama.

Se abrió entre la gente, para llegar al centro de la sala. Vio en la distancia a una chica de mediana estatura, morena. Con un físico aceptable y un vestido realmente caro. Era una buena presa.

Se acercó y le tomó la mano, para besársela al tiempo que se inclinaba frente a ella.

– ¿Seríais tan amable de concederme este baile?

Notó como las mejillas de la ilusa se sonrojaban en apenas segundos. Asintió, embaucada por los penetrantes ojos oscuros de aquel sujeto desconocido. Era lo mejor del carnaval: el anonimato.

Mientras bailaban, podía escuchar los latidos de la desdichada, resonando dentro de aquella pequeña caja torácica. Podía notar la leve dilatación de sus pupilas y el aumento de su temperatura corporal. Era un depredador y aquello era lo que más le gustaba hacer. Preparar a su presa.

Estaba nerviosa, pero aún guardaba la compostura. Lo mejor de aquel tipo de chica era que después cometería alguna imprudencia para librarse del estricto control paterno. No sería difícil llevársela a su terreno.

Se inclinó y susurró en su oído, asegurándose de que su aliento caliente le acariciase la piel.

– ¿Os gustaría salir a respirar un poco el aire fresco?

Y llegó la victoria. Pudo sentir como ella se debatía entre lo que deseaba y lo correcto. Tenía la esperanza de que sólo saldría y recibiría su primer beso o, como mucho, un primer contacto más profundo con un hombre. Pobre ilusa.

En cuanto asintió, le tomó la muñeca y la llevó hasta las puertas del balcón principal. Allí, una brisa de aire frío les golpeó la cara. El cielo no estaba despejado, y la luna se ocultaba y aparecía entre las nubes a intervalos imprecisos.

– Decidme, hermosa dama, ¿Os gustaría sentir algo que no habéis sentido nunca?

Dudó, nerviosa. Pero no tardó en ceder a la insinuación. Cerró los ojos y esperó a que él tomase la iniciativa.

Era el momento idóneo. Se acercó, le tomó la cintura con las manos y la besó. Fue profundo y lento, disfrutando de como la consciencia abandonaba a la chica.

Cuando ya la tuvo inconsciente, la tomó entre sus brazos y saltó del balcón. Esa noche disfrutaría tomando de ella todo lo que quisiera. En todos los sentidos.

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