Eran tiempos difíciles.

Tras la tercera guerra mundial el mundo estaba un tanto… desorganizado. Las naciones se supeditaban a la Gran Nación -que todos sabemos muy bien cual es- y existía un dictador con oposición reconocida.

Los conservadores – y su presidente dictador – se vestían como en los sesenta y salían a bailar. La oposición moría en las calles, se jugaba la vida segundo a segundo. La seguridad era para quien podía permitírsela.

Sólo una persona de la oposición tenía techo y comida que llevarse a la boca. Un joven humilde, manipulador y comprometido con las masas. ¿Cómo podía ser aquello? Pues así era, él tenía un plan.

Había una secretaria, una secretaria trabajadora, el ideal del conservadurismo imperante. Se ponía vestidos claros y lacitos en el pelo para trabajar. Sonreía a todo el mundo. Su voz era dulce y su peinado siempre perfecto. No era especialmente llamativa, pero era adorable.

O eso parecía.

Era la secretaria del dictador y la mejor amiga de su hija. Pero también era una conspiradora. Bajo esos vestidos dulces y amigables se escondía una guerrera incansable que asesinaba a los asiduos a su partido en las noches de luna nueva.

Estaba en la misma organización que su oponente. El representante de la oposición resultaba ser su marido. No reconocido, por supuesto, pero su marido en corazón y alma, en sentimiento. Era el hombre con quien había comenzado todo aquello y ahora eran tantos… controlaban la realidad desde las sombras.

El día del cambio se acercaba y no dejaría de hacerlo. El joven opositor cada vez tenía más poder, cada vez atemorizaba más a un dictador inútil y falto de personalidad e iniciativa. Era una marioneta en manos de muchos.

Pero especialmente de un general. Un general que se fijó en ella, en su secretaria. Se concertó una cita, para un sábado por la tarde.

Llegados a este punto lo que el lector espera es que traicione a su marido y sus ideales por descubrir que aquel general era un gran hombre que le merecía la pena tomar. O que aquel general era un horrible monstruo al que no tendría remordimientos de matar.

Pero no. El general era un hombre dulce, viudo y ella no dejó al hombre al que amaba. Ni los ideales por los que tanto había luchado.

La tarde del sábado se acabó sin más y ella se reunió con su marido, en secreto, juntos y abrazados en la cama. Él le acariciaba el pelo, orgulloso de su maravillosa mano derecha, su impasible guerrera de amable sonrisa.

Porque detrás de todo gran hombre hay una gran mujer.

El día de la revolución se acercaba, ineludible.

Y aquellos, eran tiempos difíciles.

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