Era una paradoja en sí misma.

Caminaba, encapuchada, por caminos poco conocidos, de ciudades históricas, de tiempos pasados. No era su lugar, no era el lugar donde debía estar.

Y de pronto… cambiaba de nuevo. Estaba en otro lugar diferente. Siempre encapuchada, siempre bajo una larga túnica negra que no permitía difierenciar su forma.

Estaba en todos y cada uno de los puntos de la historia, pasando desapercibida, observando, manipulando, jugando con los grandes hitos y las grandes desagracias de la humanidad.

Cuentan que la gente se giraba a su paso, pero segundos después se olvidaban de que había estado allí, dándola por hecho. Se había convertido en algo inherente al tiempo.

Y ella no debía existir. No debía estar allí.

Era una paradoja en sí misma.

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